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martes, 2 de diciembre de 2014

Geometría cordobesa

 
La geometría es la rama de las matemáticas que se ocupa del espacio, los cuerpos y figuras que lo ocupan y sus relaciones. Esas figuras que manejamos en geometría no existen en la realidad, sino que son idealizaciones de objetos de la realidad material. Y es esta particularidad, esa capacidad de abstracción de las propiedades, la que permite convertir a la geometría en una poderosísima herramienta que nos ayuda a describir el mundo que nos rodea.
Por ello, desde los albores de la historia de la humanidad, el arte se ha valido de la geometría para dar belleza, equilibrio y armonía a sus manifestaciones. Los artistas de todos los tiempos y lugares han usado innumerables figuras y relaciones geométricas en sus obras. Y Córdoba, crisol de culturas, no ha sido una excepción. A lo largo y ancho de las calles de nuestra milenaria ciudad nos encontramos con la geometría en los monumentos que la han hecho Patrimonio de la Humanidad.
Mosaicos y frisos, arcos de herradura y de medio punto, cuadrados y octógonos, pentágonos y hexágonos o proporciones notables están presentes en obras romanas, visigodas, árabes y cristianas. Monumentos como la Mezquita o Medina Azahara son ejemplos magníficos de todo ello, enormes tratados de geometría aplicada al arte y la arquitectura.
Sin embargo, si hay algo característico y propio de la geometría cordobesa es la conocida como proporción cordobesa. Para entrar en materia, decir que una proporción geométrica es una relación entre las medidas de dos segmentos. La más conocida y extendida de todas ellas es la famosa proporción áurea, también llamada divina proporción, que ya estableciera el griego Euclides en sus “Elementos”, la base de la geometría clásica y uno de los libros más importantes de la historia de las matemáticas y del conocimiento humano.
Esta proporción áurea es la que determina la relación entre el lado del decágono regular y el radio de la circunferencia circunscrita al mismo y podemos encontrarla constantemente no solo en innumerables obras de arte como la Gran Pirámide de Kéops, el Partenón o la Catedral de Nôtre-Dame, sino también en la naturaleza (conchas de Nautilus y trilobites, disposición de hojas y semillas en plantas, galaxias espirales,…), en el ser humano (sirva como ejemplo de ello el Hombre de Vitrubio de Leonardo da Vinci), en la serie de Fibonacci o en nuevas muestras de la tecnología humana como las tarjetas de crédito o los DNI. Esa constante presencia del número áureo en el mundo que nos rodea y que hace más bellas y armoniosas aquellas manifestaciones en las que está presente es la que hizo que en el siglo XVI el matemático y religioso Fray Luca Pacioli lo describiera como manifestación de la omnipresencia de Dios y le diera el nombre de divina proporción.
No obstante, antes de esas fechas renacentistas, el oscurantismo medieval anidaba en Europa y cerraba sus fronteras del conocimiento a los clásicos griegos y a su geometría euclídea. Solo la Córdoba califal quedaba como depositaria de este saber, lo cual hacía pensar en una abundante presencia de la proporción áurea en la arquitectura prerrenacentista cordobesa. Para constatar este hecho, la Diputación de Córdoba y el arquitecto Rafael de la Hoz llevaron a cabo unos estudios entre los años 50 y 70 del siglo pasado. Cuál no fue la sorpresa al comprobar en los resultados la escasa aparición de la divina proporción en la capital califal y, por el contrario, la presencia casi constante de otra relación, de otra proporción llamada a partir de entonces cordobesa.
La proporción cordobesa queda determinada por la relación que existe entre el lado del octógono regular y el radio de la circunferencia circunscrita al mismo. Podemos encontrarla en Córdoba por todas partes y en todas las épocas: relieves, esculturas y mosaicos romanos del Museo Arqueológico; en las cubiertas y la planta de la Mezquita, en sus bóvedas octogonales, en las fachadas de Al-Haken II y del Mihrab; en la Sinagoga, en la mudéjar Casa del Indiano, en la octogonal fuente de la Plaza del Potro, en la Plaza y Convento de Capuchinos, en la Torre de la Malmuerta; y también en edificios modernos como algunas viviendas de la calle Gran Capitán o el Convento de las Salesas.
Toda una manifestación geométrica y artística singular cordobesa que también ha traspasado fronteras y que ha llevado a anteponer, frente a esa áurea y divina proporción, esta otra, cordobesa y humana, como han dado en calificarla muchos autores.

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