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jueves, 4 de diciembre de 2014

El halcón maltés y el inicio del cine negro


El halcón maltés, dirigida en 1941 por John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart, Mary Astor, Peter Lorre o Sidney Greenstreet entre otros, está basada en una novela de igual nombre del genial Dashiell Hammett y se puede decir que es el primer título propiamente dicho del cine negro, la película que viene a sentar las bases del género.
El cine negro y la novela que lo inspira (autores como el mencionado Dashiell Hammett, Raymond Chandler o John M. Cain son sus principales exponentes) parten de una época muy concreta, los años posteriores a la Gran Depresión, con una sociedad norteamericana sumida en la crisis económica que marca personajes y situaciones, creando esas tramas de ambientes sórdidos, de detectives cínicos, de mujeres fatales, de calles oscuras y lluviosas, siempre rodado en glorioso blanco y negro, que nos introduce en lo peor de la condición humana. Frente a la alegre evasión que suponía la scrawball comedy o los musicales, el cine negro afronta la realidad desde un cínico pesimismo. En el caso de El halcón maltés, el argumento gira en torno a la búsqueda de una valiosa estatuilla que los Caballeros de la Orden de Malta obsequiaron al emperador Carlos V en el siglo XVI. El detective privado Sam Spade, interpretado por Humphrey Bogart, se ve mezclado en esta búsqueda de manera involuntaria e inesperada cuando acepta el encargo de investigar el paradero de la hermana de una clienta. A partir de ahí, sus pesquisas le enredarán en esta trama de mentiras, robos y asesinatos.
El motivo por el que me gusta y recomiendo esta película, no obstante, no es solo ese argumento aparentemente policíaco. John Huston consiguió convertir la cinta en un análisis de la realidad de aquella sociedad, en especial en las grandes ciudades, y en un retrato de la parte más sórdida del ser humano, la que desde la envidia o la avaricia nos arrastra al crimen y a la mentira. Y a partir de ahí, sin proponérselo, dejó sentadas las bases de un nuevo género cinematográfico, el cine negro, uno de los que más obras maestras ha dejado para la historia del séptimo arte.
Para lograrlo se vale de una fotografía en blanco y negro casi perfecta, oscura, densa, con contrastes y juegos lumínicos que, junto a planos cercanos, medios y cortos, son capaces de describir en pocas pinceladas a unos personajes profundos, nada simples, apenas sin usar palabras para ello. Los inteligentes diálogos cargados de dobles sentidos y giros junto con las excelentes interpretaciones de un reparto de lujo también ayudan a crear unos personajes creíbles, en absoluto planos, ricos en matices interiores. Además, el ritmo trepidante consigue que la tensión no decaiga en ningún momento, y ésta se hace aún más abrumadora gracias a esa atmósfera oscura y lluviosa que permanentemente acompaña a la acción.
Si a todo esto añadimos uno de los finales más míticos de la historia del cine y de la historia misma de la creación artística del siglo XX, queda claro que nos encontramos ante una auténtica obra maestra, el verdadero material del que están hechos los sueños, que abriría camino a otras obras de arte como El sueño eterno, Laura, Perdición, El cartero siempre llama dos veces, Gilda, Los sobornados y un largo etcétera. Entre todas, crearían uno de los géneros más propiamente cinematográficos y ricos que existen: el cine negro.

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