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domingo, 8 de agosto de 2010

El día en que mi Clio me dejó tirado


Una mañana más, me decidía a hacer algo de turismo express con mi cámara al bolsillo y la retina presta. Lugares cercanos, atractivos de visitar, de los que no pasan desapercibidos, con personalidad propia. Me subí a mi Clio, le di al contacto, un cuarto de depósito, "metemos la primera, en el loro Deep Purple, chirrían las cuatro ruedas. Vamos marcando el paso. Vamos rompiendo el hielo. No hacemos ni puto caso de las señales del cielo" y a tirar millas. Hoy iba a tocar la ermita de la Virgen de la Sierra, en Cabra.
Kilómetros de autovía. Lucena, Cabra. Carretera convencional hacia Priego de Córdoba. Cruce de Los Pelaos y hacia la cumbre. Paisaje árido, lunar. Carretera que se retuerce bajo el sol de agosto que empieza ya a derretir los nombres de decenas de ciclistas que aparecen pintados en el asfalto. Como un esforzado de la ruta más, mi Clio aprieta los dientes, sube a golpe de riñón en las rectas, se pone en pie en los virajes, yo lo animo en las pendientes duras. Como a tantos pedaleadores en estas cuestas, lo pilla el tío del mazo y comienza a venirse abajo, a quedarse sin fuerzas. La pájara es monumental y a un kilómetro de la cima se queda parado, me deja tirado en una estrecha recta en la que apenas queda sitio para que pase otro coche por su lado. "Trata de arrancarlo, trata de arrancarlo, por dios", escuchaba en mi mente, pero no había manera. Habrá que tirar de teléfono móvil y llamar a la caballería, pero no tengo cobertura. Me avalanzo sobre el primer conductor que pasa y consigo que me suba hasta la ermita, con su bosque de antenas de telefonía. Allí por fin puedo comunicarme con mi particular "servicio de atención en carretera"; tres síntomas rápidamente expresados, dos preguntas concretas y ya está hecho el diagnóstico. Ahora sólo queda esperar que llegue el rescate mientras disfruto de las vistas y el paisaje.
El día en que mi Clio me dejó tirado renegué de él, me dije de cambiarlo por algún otro con nombre más pomposo. Al final resulta, como ocurre con los ciclistas, que no te puedes olvidar de avituallarte. Que si llevas un cuarto del depósito lleno en unas pendientes como las de esta montaña, la gravedad, que tiene la testaruda costumbre de tirar de todo hacia abajo, te echa el gasoil hacia atrás y deja de llegar al motor. Y mi Clio se para, maldito, porque he sido yo quien lo ha dejado tirado a él. Suerte que al cabo de una hora y poco, llegó la caballería al rescate con un bidón de 10 litros, raudo a arrancar el coche.
Y es que, quien tiene un padre mecánico, tiene un tesoro.

2 comentarios:

virginia dijo...

que desastre eres, eso te pasa por gurrumino

ciudadanomane dijo...

suscribo la frase final letra por letra!