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jueves, 22 de julio de 2010

El lenguaje de Dios

Decía Galileo Galilei que las matemáticas son el lenguaje en el que Dios escribió el universo. Paül Erdos, por otro lado, ante la pregunta de por qué son bellos los números, se respondía que "es como preguntar por qué es bella la Novena Sinfonía de Beethoven. Si no lo ves, nadie te lo puede decir. Los números son bellos. Si no lo son, entonces nada lo es."
Para los pitagóricos, los números y las figuras eran la esencia de las cosas y no concebían los números irracionales; entre ellos usaban como símbolo secreto el pentagrama, la estrella de cinco puntas, el primer ejemplo del número áureo, de la divina proporción.
Esa divina proporción aparece por doquier, en el arte pero también en la naturaleza, como si el mismo Dios se hubiera dado cuenta de su belleza: espirales logarítmicas en galaxias o conchas de Nautilus, serie de Fibonacci en la descendencia de una colmena de abejas o en la disposición de las semillas del girasol. Galileo la retrató en su hombre de Vitrubio, los griegos en el Partenón.
Para los platónicos, existían dos mundos, el físico en el que vivimos, y uno abstracto en el que está la verdad inmutable, incluyendo las matemáticas. Ellos atribuyeron a los poliedros regulares, los sólidos platónicos, propiedades místicas y los relacionaron con los elementos de que todo estaba formado.
Las órbitas circulares y elípticas de los objetos celestes también han sido consideradas manifestaciones de la obra divina. A Dios hizo referencia Einstein muchos siglos después cuando afirmaba de él que no juega a los dados con el universo.
No voy a entrar a hablar de la belleza de fórmulas, teoremas o resultados concretos. Me quedo en afirmar que, frente a la perfección de esa divina proporción, yo me quedo con la belleza humana de la proporción cordobesa: al mihrab de la Mezquita o a los rasgos de una mujer morena de estas tierras me remito.

1 comentario:

virginia dijo...

cada ves estoy más cerca