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lunes, 24 de mayo de 2010

No tiene cura lo que el vino no puede curar


La foto no es mía, la hizo el jefe, un artista. Pero sí que hay ocasiones en que las cosas ocurren al revés y, en lugar de buscar una fotografía para la entrada, buscas un texto para la imagen. Ésta es una de esas veces, aparentemente. Porque, cuando veo esas botas entrelazadas por la tela de araña, algo me dice que buscaba esa foto para poner una entrada en el blog; que ya estaba pensada, casi escrita, desde hace algún tiempo, pero que sólo le faltaba el acompañamiento en forma de imagen.
Y es que, a veces, te enredas en intrincadas telas de araña de las que parece que no puedes salir. Esas catenarias colgantes, hilos en espiral, proyecciones naturales del número e, redes en las que he aprendido a ver bella geometría, como en las catalpas, te atrapan y te absorben. Y, mientras más luchas por desenredarte, más apresado te ves en ellas, más cerca del centro, de esa araña voraz que te espera para devorarte. Intentas liberarte, pero de nada sirve, al contrario, el forcejeo cada vez te acerca más al final. Hasta que caes en la cuenta de que esa red, esa tela, está colgada de algún sitio, no pende libre en el aire, hay unas botas a sus costados que la sujetan. Y dentro de esas botas, arrobas de vino.
Entonces es cuando recuerdas algún remoto concierto de 091, y una canción que sonó allí. "La vida, qué mala es" puede que fuera su título. Y, en su letra, una sabia reflexión de un amigo: no tiene cura lo que el vino no puede curar. Por eso estoy yo así, escribiendo ahora, vacunándome, o sanándome, vaya usted a saber, porque llevo ya más de dos medias.

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